martes, 10 de enero de 2017

¡¡¡¡¡¡ A LAS TRINCHERAS!!!!!

Primera ruta del año. Primera ruta con los Repechinos.
¿Qué es el día mas frío del año?, ¿Cuál es el problema?.

Cualquier ser normal, con dos dedos de frente, optaría por una ruta cercana a la costa, por aquello que dicen que el mar es un regulador térmico y que cerca de él, las heladas son menores, pero eso no cuenta en el mundo Repechín.
¿Qué las gaviotas van con bufanda por la playa y las palmeras del parque Isabel la Católica están blancas en vez de verdes? Pues los Repechinos eligen una ruta por el interior.
¿Qué ruta escogemos?, Pues una que vaya con nuestros genes, las peleas, los ataques, las guerras…..
Vale, ya está decidido, vamos al Frente.
¿Al Frente?
Si, al Frente del Nalón. A la zona de las trincheras de Candamo.
El camino hasta nuestro punto de salida, se “adivinaba o imaginaba”, porque ver, lo que se dice ver, no se veía un palmo delante de los morros. La niebla se podía cortar con un cuchillo, y lo poco que se podía ver, la cuneta, estaba blanca como si hubiera nevado.
El termómetro del coche no llegaba a 0º ni animándolo, aunque lo peor fue cuando nos bajamos.

 ¿Estamos metidos en una nevera?, ¿Qué pasa aquí?.
El frío era increíble, te calaba hasta los huesos y los dedos eran más torpes de lo habitual al montar las bicis.
Ni un alma en las calles, solo cinco locos con sus bicis.
Mal que bien, empezamos la ruta.


Mani, el Playu y yo abríamos la ruta, temblando más que pedaleando.
A mí, ya me extrañó, que la ruta empezaba “bajando” hacia abajo. 500m y paramos. Nos falta Turonman y Yeloquehay que son los que controlan los gps.

Vuelta al punto de salida donde nuestros compañeros nos esperaban riéndose. ¡¡¡¡¡ Habíamos empezado la ruta al revés ¡!!!!!
Decididamente, el manejo de los gps no ye lo nuestro.
Uno de nuestros propósitos para este año es ir a un cursillo para aprender a manejar estas máquinas infernales.


Bueno, la ruta empezó, ya todos juntos y en la misma dirección. Nuestras ruedas pisaban barro, pero no se manchaban. Pisaban hierba, pero ésta no se doblaba a su paso, pisaban agua y no chiscaban. Todo estaba congelado.
Dudé en el título de esta crónica. También pensé en “La ruta de la cebolla”, porque al empezar, más que pedalear, queríamos llorar, y porque teníamos más capas de ropa encima que una cebolla, pero viendo que el título podía llevarnos a la rima fácil…….
Bueno, a lo que vamos, frio para dar y tomar, el paisaje…… estar, estaría, pero ver no veíamos ni torta. Poco a poco empezamos a subir (como siempre), pero ni la ropa ni las bufandas ni los guantes de skí sobraban.
Los metros positivos se acumulaban en los gps y se empezaba a intuir que “allí arriba”, encima de las nubes, debía de lucir el sol.


Sube, sube, sube, y dejamos las nubes y el hielo bajo nuestros pies. El sol ganó la batalla a las nubes, pero el frío seguía presente, y una vez en las inmediaciones del área de la Degollada, nos acompañó una “brisilla” que no nos dejaba estar quietos ni para que las fotos no salieran movidas.
El paisaje, impresionante. Un día despejado en que solo nos faltaba Camilo el de Mochileros para explicarnos todos los montes que podíamos ver.



Un poco más cerca, a nuestros pies, los restos de lo que fue en su día, una de las zonas más castigadas del Principado en la guerra, El Frente Del Nalón.


Cientos de metros de trincheras, nidos de ametralladoras, bunkers, blockouts (que yo no me aclaré lo que eran), zonas de vigías, polvorines… se extendían por la ladera de la montaña y por las zonas de más visibilidad sobre los montes cercanos, por los que se suponía “vendría el enemigo”.




Varias rutas nos enseñaban el pasado “bélico” de la zona, y como era de esperar, los Repechinos las “pedaleamos”.


Alguna nos gustó más que otra, y alguna, más que verla, la “adivinamos” o nos la “imaginamos”.




Cortafuegos, “pateamos” alguno, aerogeneradores, pasamos al lado de……. “miles”, y como siempre que los Repechinos nos “guiamos” por gps, no sabemos cómo, pero aparecimos “a tiro de piedra” del Gorfolí.




Algunos ya queríamos ir hasta él y volver a casa en tren, pero ante las insistencias de Yeloquehay de que el Gorfolí no le traía “buenos recuerdos”, decidimos seguir pedaleando por las trincheras.


A media ruta, y en una de las pocas bajadas de la ruta, una torre de alta tensión ponía fin al camino.
Dos opciones nos esperaban, una, dar la vuelta y admitir que no sabíamos dónde estábamos, (impensable en un hombre, y menos en un Repechín), y dos, “tirarnos al monte” como vulgares cabras hasta llegar a una zona “ciclable”, que suponíamos estaba……. allí abajo.
¿A que no sabéis cual escogimos? ¿ O sí?.




Jugándonos “un poco” el bigote, porteamos como pudimos las bicis y llegamos hasta una zona ciclable.





A medida que los caminos nos llevaban al final de la ruta, el sol lucía con menos fuerza, y los paisajes blancos de la helada de la noche nos empezaron a acompañar.
Barro había mucho, pero salíamos de las caleyas, impecables, ni una gota de suciedad, Todo estaba congelado. Una bañera que encontramos llena de agua para que bebieran unos caballos, tenía una capa de hielo de más de un centímetro.


Hacer “aguas menores” hubiera sido un trabajo difícil hasta para el mismísimo Nacho Vidal si nos hubiera acompañado, así que para unos simples “mortales del montón”, como nosotros…….
San Román de Candamo apareció bajo nuestras ruedas. Fresas, la verdad es que no vimos una en toda la ruta, pero cuestas, este pueblo tiene…… pa aburrir.
El centro de Interpretación de la Cueva de Candamo, estaba cerrado, pero la ruta viendo la arquitectura local, explicada por Mani, mereció mucho la pena.



Un poco de asfalto, que pisamos “ida y vuelta”, porque no era la ruta, nos acercaba al final de nuestra aventura, no sin antes parar a ver un circuito de motocrós donde varios pilotos estaban entrenando, y alguno daba unos saltos que nos dejaba con la boca abierta.
“Ahora cae seguro, espera, que ahora cae seguro….” Decía alguno, y otro decía…. “Y si entramos nosotros al circuito con las bicis pa enseñar algo a estos panchinos?”
Y así, entre risas y cachondeo, nos fuimos acercando a nuestro punto de salida.
El sol pegaba ahora, suave, pero nos parecía un regalo de los dioses.


Como entre las fotos, las risas, las búsquedas de la ruta adecuada, y demás retrasos, se nos había pasado la hora de comer, quedamos a “meternos entre pecho y espalda” unos menús calentitos que nos hicieron volver la circulación sanguínea a nuestras manos y a nuestros pies.
Y así acabó la ruta.


Bueno, para algunos.
El coche de Yeloquehay , a los 100 metros de carretera, empezó a decir que se “sobrecalentaba el motor”.
La carcajada que echamos se escuchó seguro hasta en llanes. ¿Cómo se iba a calentar el motor con aquel frío que volvía a atacar?
Como dice la Ley de Murphy, “si algo puede ir a peor, irá, seguro”.
El único sitio para poder parar, una zona en la que no había pegado el sol en una semana. Las heladas caían una encima de otra, y allí estábamos Yeloqueahy y yo, en la calle y con el capó del coche levantado mirando el motor, como quien mira un cohete espacial.
“¿La trócola tiene aceite?, Si
¿El chistófano está centrado?, Si
¿El distrofiador de flujo chispea?, Si
¡¡¡¡ Coño, porque no funciona esto? ¡!!!
Allí estábamos Yeloquehay y yo, mirando uno para otro, cuando salió a relucir el espíritu “de grupo” y de “colaboración”, de compañerismo, y de “no abandonar al compañero con problemas” de los Repechinos.
Turonman, al vernos en la cuneta congelada, nos “ayudó”, diciendo… “no puedo quedar a ayudaros, que me acaba de saltar la alarma de móvil, que los críos están intentando piratearme el control de seguridad de internet y acceder a mis “webs particulares”.
El Playu, nos “acompañó” cinco minutos más. Al ver que empezábamos a temblar como si el parkinson se hubiera apoderado de nuestros cuerpos, dijo “voy a ver si viene la grúa, ya os aviso, hasta luego “.


Y allí que quedamos nosotros más solos que dos pingüinos en el desierto.
Pero lejos de acabar nuestra aventura, lo mejor estaba por llegar.
La grúa llegó, aparcó en el carril izquierdo y bajó la rampa para subir el coche, sin señalizar nada, solo con los intermitentes. Nosotros abríamos los ojos como platos, y creo que empezamos a rezar “que no venga ningún coche, que no venga ningún coche”, porque sinó subiría por la rampa como el Coche Fantástico y echaría a volar.
Por puro milagro, ningún coche vino, pero cuando creíamos que ya estaba todo bajo control, el “tal Murphy” nos tenía reservada más sorpresas.
La carretera hasta Avilés no tiene una recta de más de 50 metros, pues allí que estábamos Yeloqueahy y yo mordiendo los cinturones de seguridad de la grúa, porque el gruista conducía como “poseído”.


Debía ser familia de Calamardo, el amigo de Bob Esponja, porque hacía cinco y hasta seis cosas a la vez.
Conducía, llamaba por el móvil, tomaba notas, nos enseñaba rutas para la bici, cambiaba de marchas y hasta leía los datos del coche para decirselos al seguro.
Ni que deciros que mis dientes y las uñas de Yeloquehay quedaron grabadas para siempre en aquellos cinturones de seguridad.
Cuando por fin, bien entrada la noche, llegamos a casa, no nos lo podíamos creer. ¡¡¡ En casa sanos y salvos ¡!!!!
Pero bueno, el balance final de la ruta , como no podía ser de otra forma cuando se juntan unos cuantos Repechinos, fue súper positivo. Mereció la pena el frío de la mañana para descubrir esta zona de Asturias tan castigada en la guerra.
Como siempre, un placer rodar con los Repechinos.
Un saludo a todos y nos vemos en la caleya.



WILLY

viernes, 23 de diciembre de 2016

lunes, 12 de diciembre de 2016

CUENTO DE NAVIDAD

Hace muchos muchos años, toda la península ibérica estaba ocupada por los romanos.
Toda no, una pequeña aldea resistía al ataque y los asedios de los soldados del Cesar. Cimavilla era el asentamiento de los irreductibles Repechinos. 
La vida trascurría apacible en la pequeña aldea. Unos reparaban sus bicicletas para próximas batallas, otros contaban sus aventuras a los jóvenes y otros hacían como que trabajaban.
 Los copos de nieve caían lentamente sobre los inclinados tejados de madera de la aldea de los Repechinos.

El invierno había llegado y el momento de los cuentos también.
El jovenzuelo Yeloquetenemix jugaba con sus bicis de madera y aburrido de no poder salir a la calle, fue junto al viejo Willyfogix que pasaba sus horas mirando los troncos consumirse en la chimenea.


-Yeloq- “Tito Willy, cuéntame una historia de cuando tu pedaleabas con los Repechinos”.
-Willy-“ Oh, Yeloquetenemix, mi memoria ya no es la que era, ya casi no me acuerdo de aquellos gloriosos días”
-Yeloq- “Anda Tito Willy, tómate un chupito de Poción Mágica verás como la neurona se pone a funcionar”

 -Willy- “ Ahhhhh, la poción mágica. Aquello si que era una buena bebida, sacada de lo más profundo de los bosques de la Riboira, hecha con una receta ancestral que solo los más viejos de la aldea conocían,  y para la que había que mezclar la dosis justas de licor café, aguardiente de hierbas , miel y vino caliente de los viñedos de los Cañones del Sil….”
-Yeloq- “¡¡¡¡¡ Abuelo, que te vas por los cerros de Húbeda, al grano, cuéntame una historia de los Repechinos!!!!
-Willy-“Ah, si , perdona, que se me va la cabeza”
Bueno, pues esto era una vez que los Repechinos salieron a rodar hacia la montaña en la que sabían que había mucha nieve y que tendrían que portear las bicis…..
-Yeloq-“ Tito, ya estoy cansado de nieve, cuéntame alguna en la que rodarais con solecito!
-Willy-“Vale, pues esto fue otra vez en pleno invierno, hacía sol y calor y los Repechinos salían a rodar con traje de verano….”
-Yeloqu-“Abuelo……., ¿cómo va a hacer sol y calor en invierno?, ¿No te tomaste tu dosis de Dememorix?”
-Willy-“ ¿Quién cuenta la historia, tú o yo?
-Yeloq-“Vale, vale, sigue”
-Willy-“Esto fue una ruta que unos romanos, de la Tercera Centuria, Cuarta Cohorte, de la Legión de los Augustus Pelayus, vinieron a nuestra aldea para pedirnos protección pues tenían que atravesar la peligrosa aldea de Nava.
Del poblado de los Repechinos salieron Playu-Chuletonix, Trasmi-Gepesinix, Angelo-Barrigapochix, Josete-Choricinix,  Kike-Romperruedix, Yerman-Excavadorix, Piti-Voltioamperix y unos antepasados tuyos y mios, Yeloquehay-bielalentix y Willy-Patukaflojix. 
Los enviados de la legión Romana de los Augustus Pelayus, eran Chema-Biciimpecablix y Agustín-Bicinuevix.
El frio calaba los huesos cuando llegaron a Infiesto, punto de partida de su ruta”.
-Yeloq-“ Abuelo…… ¿no decías que hacía calor?
-Willy- Calla, impaciente, que era muy temprano y el sol aún no brillaba con fuerza.
-Yeloq-“Ya, la que no “brilla” es tu neurona, pero sigue, anda”-
-Willy- “ Enano, Voy a darte un guantazo que te reviento”.
-Yeloq-“¿Qué dices tito?
-Willy-“ Nada, que veras que puntazo y como te va a gustar el cuento”
Bueno, pues como te decía, el frio calaba hasta los huesos de nuestros compañeros, de todos menos de Playu-Chuletonix, que como te decía, iba con ropa de verano, pero era porque se había equivocado de mochila y había cogido la de ir a la playa a pescar y llevaba los pantalones cortos.
Los romanos se empeñaron en guiar la ruta, pese a las protestas de los Repechinos.
En nuestro poblado eran de sobra conocidas las rutas de Chema-Biciimpecablix que empezaban con una duración de tres horas, y que la mayoría de las veces llevaban a los participantes a meter linternas en sus mochilas, sabedores de que llegarían a casa de noche, si ó sí.
Nuestros camaradas intentaron quitar de la cabeza a los Pelayos que guiaran la ruta, pero ante la insistencia de Agus-Bicinuevix en que Chema había cambiado en sus dotes de orientación, nuestros amigos pasaron a “dejarse llevar” y disfrutar de la ruta.
No pasaron ni un par de kilómetros y Motorini-Barrigapochix, hizo honor a su nombre, y a causa de la cena que se había zampado la noche anterior en la sidrería del Pez-Caducado, tuvo que abandonar la ruta y volver a la aldea.
La ruta seguía un poco más triste, pero en cuanto las ruedas de nuestros amigos empezaron a pisar el barro y a coger las amadas caleyas, los problemas volvieron a aparecer.
Bueno, los problemas y las risas. Dos charcos, una caleya y un cruce, y ya se habían perdido Biciimpecablix, Bicinuevix y Voltioamperiix.
Las risas se oian en medio del bosque y hasta en la cercana montaña. “ Conque Biciimpecablix había cambiado, ¿eh? Jajajajajajajaja”
Vuelta por aquí, paseo por allá. Media hora después, en la pequeña aldea de Ceceda intentamos una reagrupamiento. Entre parada y parada la hora de comer se acercaba, y alguno se estaba empezando a poner nervioso, menos mal que los Dioses trajeron a los perdidos y seguimos la ruta. 

Los esforzados guerreros se acercaban al terrible Alto de Les Praeres. Una montaña que se dejaba ver sin un solo árbol en sus laderas y a la que solían acudir los druidas de la aldea a por sus ingredientes secretos para curar a los Repechinos.

Pin, pan, una pequeña bajada y a buscar hasta el último piñón de los desarrollos. La montaña se erguía a los pies de los guerreros, y cada uno a su ritmo empezaron el ataque.
El dia acompañaba, un sol espléndido y ni una nube en el cielo permitían ver hasta el lejano Picu Fariu.
La subida no era muy larga, pero los kilómetros tardaban muchiiiiiisimo en pasar. Menos mal que arriba nos esperaban unos riquísimos manjares para recuperar fuerzas, que unidos a las vistas que nuestros amigos pudieron disfrutar, les hicieron creer que estaban en el mismísimo Paraiso.
El grupo, mas o menos era compacto, bueno, menos nuestros antepasados  Patukaflojix, Bielalentix y Excavadorix, que iban “disfrutando del paisaje”.
Una vez en la cima, el refrigerio a base de queso y embutido de la zona y unos chorizos que Choricinix sacó de sus alforjas, hicieron que el color volviese a las caras de nuestros amigos y que Josete fuera vitoreado por todos y mas todavía por Chuletonix.
Biciimpecablix seguía guiando, y nadie se separaba del grupo, no fuera a perderse en aquellos inescrutables bosques.
La carretera se volvió pista y todos los participantes fueron haciendo sus andariegos mas o menos largos. Era como el monte del Calvario, nunca llegaban a la cima. El camino se volvia imosible de pedalear, y las piedras no ayudaban mucho a traccionar.



Los zapatos ya estaban llenos de polvo, los cascos iban colgados de los manillares, el sudor marcaba el camino y hasta varias lenguas se engancharon en algún eje pedalier, las cabezas ya iban mas bajas que los manillares, y la trialera nunca se acababa.
Tras  muchos sudores y maldiciones al guía, porque pensaban que estaban nuevamente perdidos, llegaron los esforzados aventureros a una pradera, que aunque pudiera parecer imposible, eras tan bonita o mas que la anterior.
Ni una casa a la vista. Solo montañas hasta donde abarcaba la vista dejaron sin palabras a los Repechinos y a los Romanos.
El esfuerzo había merecido la pena. Qué paz se respiraba allí. Seguro que habría sitios tan bonitos como aquel, pero mas….. .
El bosque de pinos acompañó la ruta algunos metros, y al salir, en medio de un enorme silencio, que como diría Góngora “en el silencio solo se escuchaba, un susurro de abejas que sonaba”, nuestros amigos salieron a un lado de la montaña en que ya se divisaba el final de su aventura, el pueblo de Infiesto ( aunque muuuuuuy a lo lejos).
Los bosques dejaron paso a las verdes laderas de las montañas salpicadas aquí y allá por pequeñas aldeas y casas solitarias. 
Era una visión solo hecha para elegidos.
Y allí estaban nuestros amigos, callados, sin nada que decir, solamente disfrutando de aquello que los dioses ponían a su alcance, montes y valles, calleyas y trialeras, sin duda algo inolvidable.
-Yeloqu- “Tito Willy, no veo peleas, ni luchas, ni ataques cuando uno pincha o tiene un bajón de fuerzas, este me parece que ye un cuento de margaritos”
-Willy-“Calla calamar, tú que sabrás de luchas y ataques. ¿Tú crees que iban de paseo?, aquello era “marica el últimu”. Y de ataques? Tenías que ver cuando Romperuedix rajó la cubierta, la desbandada fue general, y hasta Bielalentix y sus amigos bajaron un par de piñones y se levantaron haciendo casi doblarse las bielas con tal de dejar allí Ruedarotix.
Pero no hubo manera, Biciimpecablix y Bicinuevix sacaron sus tarjetas de crédito y en un santiamén la avería estaba solucionada. Eso sí, Ruedarotix no se manchó ni las manos ni sudó al hinchar de nuevo la rueda. El que tiene clase tiene clase.
Y después, ya solo quedaba una bajada hasta los carromatos, pero no podían llegar a casa sin parar en el descenso a rehidratarse con unas buenas cervecitas de una de las aldeas por las que pasaron.

Una visita a la Virgen de al Cueva para agradecer que todos habían llegado bien y que la ruta había sido espectacular y cada uno a su casa, que había que preparar otra ruta.
Pero esa ya te la contaré otro día Yeloquetenemix.
¿Yeloquetenemix?, ¿tas durmiendo? Jejejejeje
Estos rapacinos…………”   

                                                                    WILLY

sábado, 10 de diciembre de 2016

Por les Praeres

A falta de la crónica correspondiente,es un incertidumbre si la habrá o no la habrá.
Asi que por el momento nos conformaremos con los videos.




les praeres 2 parte from José Manuel Rodríguez on Vimeo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Lotería repechina 2016


Como todo los años, se va a proceder a organizar el tema de la lotería. La dinámica será la de siempre: se hará una lista con los apuntados y lo que juegan cada uno en la tienda de Pedro para luego publicarla. Una semana antes del sorteo se recogerá  el dinero para la compra de la lotería.



PD: Si toca tais todos invitados a una parrillada en León en Villaturonmán.

martes, 4 de octubre de 2016

REBELION EN LA RIBOIRA

Crepitaban los leños en la gran chimenea del nuevo castillo del Duque de Carterpillar.
La noche era fría y tras los gruesos muros una neblina rodeaba la verde campiña gallega.
El Conde daba vueltas como un ratón en una caja.

A la luz de las velas, su esposa, Yolanda de Castilla, Grande de España y Duquesa de Leroi tejía en su bastidor de madera el nuevo escudo de armas de la familia, una botella de Riboira Sacra atravesada por un eje pedalier con pedales automáticos.

Atrás habían quedado los momentos duros y de estrecheces. Ya no tendrían que volver a comer en la Tasca de Pardo ni en la posada de aquella mujer que había emigrado de Zamora y que había puesto su gentilicio al mesón.
Ya se acabaron comer aquellos erizos de mar que se vendían a paladas y que hasta se comían sin cocinar.
Desde que Fray Yeloquehay les había concedido el Ducado de Monforte, se habían acabado las estrecheces para nuestros protagonistas.
Los percebes no faltaban en su mesa. Las mejores cosechas de vino llenaban su bodega, la langosta y los bugres eran habituales en los menús diarios y como no, podía ser de otra manera los mejores manjares del resto del territorio adornaban su mesa.


Todo, gracias a un invento que a la postre sería revolucionario. El Duque preparó un “artilugio motorizado” que acoplado a una de las imprentas de Fray Yeloquehay, conseguía que éste último, pudiera copiar uno de sus libros incunables en breves minutos. Así Fray Yeloquehay podía extender el culto religioso al pueblo, mucho más rápido de lo que lo hacían sus escribientes copiando los libros manualmente.
En breve en cada casa habría un libro religioso, contribuyendo así a aumentar el amor por la religión (y las arcas de Su Ilustrísima).
El Duque de Carterpillar estaba nervioso.
El populacho no estaba muy de acuerdo con los impuestos que él creía “necesarios” para mantener su estatus. 
 Habían convocado elecciones para el día siguiente, y de ellas se jugaba el futuro de la noble pareja.
Si el pueblo ganaba, decapitarían a la nobleza, (cosa por la que no estaban muy por la labor el Conde), y si lograban que no se celebrara el sufragio, su “dura vida” seguiría plácidamente en su castillo.
Solicitaron audiencia a Fray Yeloquehay, y este tras escuchar sus súplicas, mandó llamar a los mayores bribones y gente de baja calaña que conocía para solucionar el problema, Los Repechinos.

Mezclados con los viajeros que cruzaban de Asturias a Galicia, pasaron desapercibidos los mercenarios y a última hora del día y protegidos por las sombras de la noche, llegaron a una humilde posada en el pueblo de Bulso.
Al día siguiente saldrían a recorrer los alrededores del castillo y a “pasar por el acero” a quien osara poner en duda la hegemonía de la noble pareja.

Clareaba el día y los buscavidas ya estaban sobre sus monturas dispuestos a hacer lo que mejor sabían, ganar dinero amedrentando a quien se pusiera por delante o incluso haciéndoles pasar a “mejor vida”. 
El santuario de Ntra. Señora de Cadeiras sirvió para comenzar su odisea con “algo de ayuda divina”.
Los pueblos parecían despoblados, las ventanas tapadas y atrancadas, ni un vasallo del conde a la vista.
La zona del mirador de la Pena do Castelo sirvió para ver la zona que tenían que someter. Ni rastro de los insurrectos.
Many, el gran rastreador del grupo, saltaba a cada momento de su montura ( de maneras dudosamente ortodoxas ) y buscaba huellas, o acercaba la nariz al suelo buscando algún olor que delatara el paso de alguna persona, y alguna vez, se “descabalgó lanzándose como un halcón” sobre las zarzas con más pinchos de la zona, pero nada, no encontraba rastro alguno.
La verdad es que menos mal que la empresa que tenían encomendada los Repechinos solo duró dos días, sino Many habría acabado con las pomadas y ungüentos que el brujo del grupo Playumerlín había traído.
Turonman, el mejor “reparador” de carromatos del grupo sufrió en sus carnes una avería irreparable, ya que una gran rama se metió entre las ruedas y le hizo volver a la posada a intentar arreglarla.
El Duque, no paraba de mirar en todas direcciones, no veía ni rastro de los rebeldes, y esto le ponía muy nervioso.
Willy, el bufón del grupo trataba de alegrar la ruta y tomaba nota de cada suceso para luego sacar sonrisas a los participantes al calor de licor-café o jugo de cebada fermentado.
Lynux, era el más “ilustrado” del grupo, pero de poco le servían sus conocimientos a la hora de subir los “falsos llanos” que tenían que recorrer.

La zona era muy quebrada, y casi salvaje en la mayoría de las zonas que nuestros amigos patrullaban, lo que hizo que “buscara algún atajo” para regresar a casa.
La verdad es que al bufón del grupo, también se le hicieron muy “cuesta arriba” las últimas patrullas en los pueblos cercanos, y la risa ya casi no aparecía en su semblante. 


Israel, era el encargado de salvar a los mercenarios si se caían por algún accidente al caudaloso río Sil, ya que ninguno de ellos sabía nadar. El agua no era algo que agradara a ninguno de los participantes en exceso.
Les gustaba más parar en las numerosas bodegas que había en su camino, donde degustaban los famosos caldos de la Riboira Sacra.


Piti era el “iluminado” del grupo, si alguien tenía “luces” o sabía cómo buscarlas, él era nuestro hombre. Se orientaba con menos luz que la que había en las minas donde Turonman cumplió su última condena a trabajos forzados.
La Pena do Castelo, y el pequeño santuario de San Amaro dominaban una basta zona de viñedos donde algunos lugareños se afanaban en recoger la cosecha de uvas que luego de prensarlas y fermentarlas, “descansarían” en las bodegas de Su Ilustrísima Yeloquehay y del Conde de Carterpillar.
Alguna pequeña refriega en algunos pueblos en los que los rebeldes se habían hecho fuertes y la ruta seguía.
Rápidos caminos por los bosques corrían paralelos a pequeños riachuelos que alimentaban el gran Sil.

Los bosques de Samil y la aldea de Santa Cruz y Santa Marta, fueron las zonas más duras de someter, la lucha fue encarnizada, pues los “independentistas” querían votar a toda costa para lograr su independencia.
El día iba tocando a su fin, y los guerrilleros, cansados y cargados de un gran botín regresaron a La Torre a pasar la noche.
Una buena comida en el Mesón del Xugo, sugerida por Fray yeloquehay hizo que el cansancio desapareciera, y a instancias de los Condes, los mercenarios regresaron a sus camastros para estar en plena forma en el nuevo día.
Volvió a amanecer. El trabajo estaba a medio hacer, y la bolsa del botín estaba solo medio llena.



No habían venido tan lejos para marchar sin sus alforjas llenas a rebosar de un buen botín.
Santiorxo y Boqueiriño fueron las primeras batallas importantes, pero nada a lo que los rufianes no estuvieran acostumbrados. Resultado, la población autóctona bajaba en número a cada paso de los mercenarios.

El Conde prefirió hoy no acompañar a los forajidos, y prefirió compartir un buen pinchoteo de jamón ibérico de bellota de Coalla Gourmet desde uno de los miradores desde los que se divisaba la mayor parte de sus posesiones.
Los guerreros llegaron hasta el embarcadero de Os Chancis persiguiendo a los pocos rebeldes que oponían resistencia, los cuales embarcaron en las barcazas y escaparon río arriba.



Una vez llegados a este punto, el trabajo estaba hecho. Ni rastro de insurrectos.
El Conde estaría contento, su “dura vida” podría seguir tranquilamente.
Fray Yeloquehay volvió a su retiro espiritual y los mercenarios regresaron a sus casas con las alforjas y los carromatos llenos de un gran botín, que seguramente fundirían en pocos días.
Como premio, Fray Yeloquehay les obsequió con una buena pulpada para recuperar energías y tras las bendiciones tras la sobremesa, emprendieron el camino de regreso a Asturias.

Y hasta aquí una nueva aventura por la Riboira Sacra.
El año que viene más, pero no mejor, porque será imposible.
Un saludo a todos       WILLY.